Era mi primer día como recepcionista en una clínica del centro. Estaba cubriendo una baja por accidente de alguien que a su vez, cubría una baja por depresión de otro alguien que a su vez, cubría una baja por maternidad de (quien yo creo) la titular oficial del puesto. De modo que eso me convertía en 4º suplente. Mi trabajo consistía en dar los números a los pacientes a medida que iban llegando, lo cual era bastante descansado. Por la tarde me tocaba archivar albaranes y ordenar cajas vestida con una bata blanca. Todos allí vestíamos batas blancas lo cual hacía parecer que la clínica estaba llena de médicos.
Pero la realidad era muy otra.
No tardé en oir hablar acerca de las hazañas de El Doctor. Así se hacía llamar, Doctor con Mayúscula. Aunque en el bolsillo de su bata ponía Dr. Roberto Martinez en letras azules.
Decía tener unas virtuosas manos de cirujano y que era reverenciado y aplaudido en toda clase de intervenciones, pero a mí me parecía que la experiencia más cercana que había tenido ese hombre con un bisturí era cuando diseccionaba la hamburguesa para quitarle el pepinillo. No le gustaba el pepinillo.
En fín, que el tal Doctor tenía la boca muy grande. Porque eso sí. Tenía fama de haberse tirado a toda fémina que estuviera en nómina. (Menos Manoli, esa no. Esa era la mujer del jefe y no podía tocarse, además, tenía muy mala leche).
Ese mismo día, mientras estaba yo ordenando las toallas en una de las salas de curas, apareció el Doctor estetoscopio en cuello y sonrisa en ristre.
-¿Sabes, guapa? No hay nada que me ponga más cachondo que las niñas como tú en batita corta dentro de una sala de operaciones.
El Doctor me agarró por las caderas mientras susurraba cosas como “seguro que a tí también te gusta” “tienes un culo de putita que me vuelve loco” y “conmigo subirás al cielo, reina”, a la par que me manoseaba el trasero con verdadero entusiasmo.
Antes de que me diera cuenta, se había sacado la polla a través de la bata y rebuscaba hábilmente con sus dedos en mi coño.
-Estás chorreando, ¿eh, golfa? Sí, así me gustan a mi las perritas. Abre las piernas, anda, será un momento.
Seguramente, hubiera sido un momento, pero justo entonces alguien entró en la sala buscando un Doctor.
-Que bueno que le encuentro, Doctor… Martinez. Y está usted de guardia. Venga conmigo, por favor. Necesitamos su ayuda.
-¿Eh? ¿Qué? -preguntó echandose a sudar – ¿Cómo sabe que estoy de guard..?
-Por la sangre de su bata, Doctor. Evidentemente, acaba de realizar una cura. Venga, lávese las manos y acompáñeme. Hay una parturienta en la 6 que necesita su asistencia
-¿Sangre?
Entonces se miró para comprobar con sorpresa lo manchada que tenía la bata.
-Sí, Doctor.- le dije yo con una sonrisa- Vaya a atender a la paciente de la 6. Conmigo ya ha acabado.
-Pero…
-Ah, disculpe. -le dije mientras me colocaba bien la bata. -No se lo había dicho, pero la regla me vino esta mañana.
El Doctor me miraba incrédulo mientras era conducido por la apresurada enfermera que le arrastraba hasta la habitación 6.
Después supe que Robero Martinez era quien se ocupaba de reponer las cocacolas en la máquina de la entrada.
También llevaba bata blanca.

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