11
Nov
08

Teléfono erótico. (Un problema de pelotas)

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Trabajar en un teléfono erótico no es tan excitante como se pueda pensar. Hay que fingir mucho, pero confieso que nunca me imaginé que tanto.

Mi jefe, Alberto era uno de los tíos más idiotas que he conocido en toda mi vida. Si se diera un premio al mayor gilipollas del año, se lo llevaría él sin ninguna duda. Era un tremendo bocazas, un explotador y un asqueroso salido. No me extraña que terminara como terminó, después de todo.

Éramos tres. Natalia, una chica preciosa que dudo alcanzara la mayoría de edad, Edu, que se ocupaba de las llamadas gays y yo, que me ocupaba de cualquier llamada. El trabajo consistía básicamente en mantener en línea a los clientes el mayor tiempo posible. Yo solía apuntar la duración de cada llamada en un cuaderno para evitar problemas a la hora de cobrar. Aunque siempre había problemas para eso.

Por lo general, la gente que llama ya va bastante caliente, y es complicado mantener en línea a una persona que lleva ya un rato con la polla en la mano. A nada que gimas un poco y le digas lo cachonda que estás y cómo te estás metiendo los dedos en tu chorreante coño, los tios cuelgan en seguida. Ahí no se llama para tener extrañas fantasías, solo para correrse. Así que cuando aquel día, mi interlocutor parecía mas interesado en ligar conmigo que en que le hiciera una mamada virtual, pensé que me había tocado la lotería. Sólo con esa llamada podía ganar 10 talegos. Lo cual no era despreciable. Supe que todo se venía al traste cuando en el mismo despacho de Alberto sonó un disparo seguido de un grito.

Mal asunto. Cuando suena un disparo en tu lugar de trabajo, lo mejor es salir de allí por patas y procurar que no te vea nadie. Más aún en un trabajo ilegal como ese.

-Ros, Ros, tienes que ayudarnos. Ha ocurrido una desgracia. -Era Edu. Terriblemente nervioso.

A pesar de que no tenía ninguna gana, abrí la puerta de aquel despacho, para encontrarme al idiota de mi jefe enroscado en el suelo, quejándose como un cerdo herido en un charco de sangre, y a Natalia inmóvil en una esquina con cara de espanto

-¿Qué ha pasado? -le pregunté

-Ha sido él mismo.- dijo – No puedo creerlo. Entré para pedirle la paga, y empezó a tontear. Sacó la pistola para impresionarme y … al muy gilipollas va y se le escapa un tiro en sus mismísimos huevos. Tienes que ayudarnos Ros.

-¡No pretenderás que le saque yo la bala de los huevos!

-No, pero tu has trabajado en un hospital. Tú puedes ayudarle.

-Sí, de recepcionista. No podemos presentarnos en el hospital con un tio sangrando de un balazo en las pelotas. ¿Cómo vamos a explicarlo? No, tenemos que salir de aquí.

-No podemos dejarle así, Ros. Acabarán encontrándonos, y me temo que somos más sospechosos que él mismo. ¿Quién va a pensar que se ha disparado el mismo en sus propios huevos?

-Está bien. -dije- ¿Dónde hay un papel?

Busqué un papel y boli de su escritorio y tras pensarmelo dos minutos, escribí.

Querida…

-¿Cómo se llama su mujer?

-Carmen.

Querida Carmen.

Te escribo para confesarte que no puedo resistir más éste remordimiento. Te he sido infiel. En realidad me tiro a toda la que se me pone por delante, y aún sigo teniendo ganas follar. Pero sé que tú me amas y no puedo seguir así. De modo que esta mañana, he decidido poner fin a esto castrándome yo solito. He cogido la pistola que le robé a aquel narco cuando fuí a negociar con la mafia rusa, por aquel asunto de trata de blancas, ya sabes. Espero que sepas perdonarme.

Tuyo, Alberto.

-¡No puedes poner eso!

-¡Claro que puedo! Ahora vámonos. No os preocupeis, seguro que alguien ha llamado ya a la poli, y ellos se ocuparán de llevarselo al hospital. Cuando quieran aclarar todo el lío de la nota, nosotros ya estaremos fuera de la ciudad. Así que andando.

-¿Y la paga?- preguntó Natalia. -Nos debía tres semanas.

Tenía razón. Evidentemente, Alberto no iba a mandarnos la paga a casa después de aquello. Menos mal que guardaba la pistola en el cajón del dinero, así que estaba abierto. Sacamos todo lo que había en el cajón mientras Alberto se retorcía en el suelo lanzándonos toda clase de maldiciones.

-Ahora vámonos. Tenemos que salir de aquí por cojones.

-Eso sí.

No he vuelto a saber de él.


1 Respuesta a “Teléfono erótico. (Un problema de pelotas)”


  1. 1 Jeska
    13 Noviembre, 2008 a las 10:47 pm

    Vaya, tienes lecturas muy interesantes… de esas que deseas saber que más pasa, que te enganchan llegar al final y decir estuvo bien. No sabia que participas en Albanta, tienes potencial. Saludos !!


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