Ocurrió hace años, en una ciudad del interior, a la que no he podido volver desde entonces.
Trabajaba sirviendo copas en un tugurio de esos en los que se te quedan los pies pegados al suelo y tienes que limpiar el cuarto de baño tirándo un cubo de lejía desde la puerta. Un antro, vamos.
El sueldo no era gran cosa, pero las propinas eran buenas. Allí conocí a Ángela, una chica cuyo rostro hacía honor a su nombre. Pero todos la llamabamos Angie. Supongo que para dar glamour, no sé.
Una noche, Angie me soltó un codazo que casi me hace tirar todas las copas que tenía en la bandeja.
-¿Has visto ese tio, Ros?
Miré tratando de recuperar el equilibrio.
-¿Qué le pasa?
-¡Oh, vamos! Mira qué alto es. ¿Y le has visto las manos? ¡Enormes! Si tiene todas las proporciones igual, puede ser una noche inolvidable. Y mira, viene con un amigo.
-Esta noche estoy cansada, Angie.
-Vamos, saldremos pronto. Anda, no seas aguafiestas.
-¿No puedes tu sola con los dos?
-Ros….
No debí haber aceptado, pero me podía esa carita de angel. Así que casi sin darme cuenta, acabamos en uno de esos locales para parejas. Angie se perdió casi inmediatamente con su reciente conquista escaleras arriba, Jorge, se llamaba, creo. El mio, Paco. Yo no tenía el coño para ruidos, así que me quedé en la barra del bar aguantando a Paco que por lo visto, estaba enamorado de alguna golfa que no le hacía ni caso. Lo normal, vamos. Intenté mantener la sonrisa, como si todas aquellas penas me preocuparan.
Entonces, bajó Angie como una loca por las escaleras
-Vamonos, Ros. Tenemos que salir pitando.
-¿Qué pasa? Si acabas de subir. ¿qué ha pasado? Pensé que el tio te gustaba
-Sí, el tio está muy bueno, Deberías ver que abdominales, tía, impresionantes. Me volvía loca sólo pensandolo. Entonces, va el tío y saca unas esposas. Por lo visto, le iba el rollo bondage. Me dijo que le atara a la cama, que quería que le cabalgara después de una buena mamada. No me pareció mal, le até y me puse a desnudarle. Pero, tía, increíble. Tenía la polla mas asquerosa que he visto en mi vida. ¡Parecía que la había metido en jarabe! Pegajosa, pringosa… si creo que hasta tenía bichos pegados.
-No puedo creer que no tuvieras condones.
-¿Eso? ni con condones, te lo aseguro. Así que vendé los ojos y le dije que iba a por un juguete, que me esperase. Tenemos que irnos.
-No puedes dejarle así, ¿estás loca?
-¿Quieres subir tú a comerte esa polla?
-Vámonos -dije.
Murmuré a Paco alguna torpe excusa acerca de tener que ir por tabaco y salimos pitando del local. No pudimos volver a trabajar en el bar, después de aquello, la buscaban por todas partes.
Ya en el taxi, de vuelta a casa, había una palabra que no podía yo quitarme de la cabeza.
-¿Jarabe?

0 Respuestas a “No apuestes siempre por el más alto”