Le llamaban «El reverendo» aunque no sabría decir cuál era la religión que profesaba. Si es que tenía alguna. Contaba como bazas a su favor un cuerpo bien formado, unos hipnotizantes ojos azules, y un atractivo animal difícil de describir. Tenía una cicatriz en su mejilla derecha que le hacía aún más fascinante, sobre todo porque nadie sabía cómo se la había hecho. Él cada vez daba una explicación diferente. «Un ajuste de cuentas con Dios» «El resultado de una pelea con un Pez Espada en alta mar» «Una marca de nacimiento que le señalaba como el elegido» «Un accidente afeitándose».
Yo pienso que sencillamente fue un marido inoportuno en medio de un lío de faldas.
Era un virtuoso de la lengua y no me refiero únicamente a su retórica. La manejaba magistralmente en la cama, cuando ampliaba su congregación entre las damas. Sabía como moverla rápida y rítmicamente llevándote al cielo en cosa de unos pocos minutos. Presionaba siempre en los puntos precisos y muy rápido y claro, así era inútil resistirse a sus encantos. Decía además, ser capaz de hacerlo hasta hacerte vomitar. Yo sinceramente, me lo creo. Tuve ocasión de conocerle una vez, pero prefiero no acordarme de esa historia.
Si al reverendo se le antojaba llevarte a la cama, ya podías darte por jodida.
Sandra era una buena chica. Servíamos copas juntas en un antro a las afueras de la ciudad, de esos que abren hasta el amanecer. No llevaba yo mucho tiempo trabajando allí, pero puedo asegurar que ella era una tía legal. Por eso me asustó un poco cuando recibí su llamada de teléfono. Estaba muy nerviosa, casi histérica y me costó mucho tranquilizarla lo suficiente como para entender las palabras que quería decir.
–Estoy con el reverendo, Rosi. En un hotel.
–Sí, le conozco. Bueno. ¿Y? ¿Has descubierto por qué dicen que tiene la polla como un sacacorchos?
–Calla, calla, no es eso. Si ni siquiera nos hemos acostado. En el mismo pasillo, nos hemos encontrado con un tío enorme. Yo ni idea de quién era, pero por lo visto, ellos sí se conocían. Se han puesto a darse de hostias en medio del pasillo y no sabes el lío que han montado. Al final, en una de estas, el reverendo ha agarrado un extintor de incendios y se lo ha estampado en la cabeza al otro tío. ¡Y ahora está muerto!
–¿Qué dices? ¿Estás segura?
–Está más muerto que mi abuela, te lo aseguro. Lo ha metido en la habitación y ahora no podemos salir. Dice que tenemos que buscar un modo de deshacernos del cadáver.
Eso era propio del reverendo. Pobre Sandra. Conociéndole, ese cabrón era capaz de colgarle el muerto a ella.
–¿Dónde está él ahora?
–En el baño. Dice que necesita una ducha para hablar bien con Dios.
–Escucha, sal de ahí ahora mismo. No dejes que te engañe y te deje en la habitación con el muerto ¿Has entendido?
–Pero si aún no nos hemos acostado…
–Sandra, por el amor de Dios, no me jorobes. Sal de ahí pitando y llama a la policía. Voy para allá.
No tardamos mucho en llegar, ni la poli ni yo. Sandra esperaba llorosa en la misma puerta sin saber lo que tenía que hacer. Cuando llegué a su lado, había todo un circo mediático montado alrededor del hotel. Sirenas, la tele, ambulancias, la poli…
Entonces ocurrió algo que nadie se esperaba. Un tipo se asomaba peligrosamente a la ventana de la habitación del piso octavo.
–¡Es él! –gritó Sandra– El tipo que mató. ¿Qué está haciendo?
Desde abajo había mucha confusión. Entonces, se asomó también el reverendo, Biblia en mano, predicando a gritos los terribles castigos infernales que trae consigo el suicidio. Desde abajo parecía que lo que estaba tratando era de evitar que el hombre saltara.
–¿Será hijo de puta? – dije en voz baja al ver lo que pretendía– ¡Lo va a tirar por la ventana!
El reverendo siguió su prédica hasta que finalmente se las arregló para empujar al muerto por la ventana, que cayó pesadamente entre gritos histéricos de la gente que miraba desde la calle. Lo hizo tan bien que todo el mundo pensó que el reverendo lo que había intentado era salvar aquella vida descarriada cuando en realidad lo que pretendía era sacudirse el muerto (nunca mejor dicho) a la vez que, de paso, borrar todas las huellas de su muerte real.
Hubo un gran revuelo en la calle, pero finalmente, cuando el reverendo bajó, todos lo recibieron con un fuerte aplauso. Momento que él aprovechó para hacerse un poco de propaganda ante las cámaras de televisión. En unos pocos minutos todos le adoraban.
Sandra miraba al reverendo, luego al muerto y luego a mi.
–¿Crees que es un pecado o algo así si lo intento otra vez? Quiero decir… como aún no se han llevado al muerto y todo eso…
–No soy experta en pecados, Sandra. Pero si es eso lo que te preocupa, seguro que hagáis lo que hagáis, el reverendo te dará la absolución después. ¡Ah! Y si quieres conservar las bragas, recuerda mantenerlas sujetas en un tobillo. Si te desprendes de ellas, no las volverás a ver.
Sandra entró de nuevo en el hotel a reservar otra habitación, empeñada en probar el «efecto sacacorchos» del reverendo.
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