El restaurante era uno de esos que tienes que hacer reserva con una semana de antelación y el plato más barato sube de 40 Euros… Por no hablar del precio del vino.
El tipo era uno de esos que se cree Brad Pitt y que con sólo levantar una ceja, a las tías se le caen las bragas. Me pareció divertido y acepté su invitación para cenar.
Un joven camarero trajo las ensaladas todo lo solícitamente que pudo. Y aquel tipo -Carlos, se llamaba- le cogió por la manga y le dijo sonriendo.
-Quiero queso azul en mi ensalada, mozo.
El camarero, azorado, dijo que no era posible. Carlos, levantó la voz.
-Escucha, gilipollas, voy a pagar por esta ensalada, ¿me oyes? y por el puto queso azul. Te pagaré una buena propina. No estoy rogando. QUIERO el queso en mi puta ensalada. ¿has entendido?
En ese momento, todas las mesas se habían percatado que el tipo que estaba conmigo era un perfecto cretino y no dejaban de mirarnos. Creo que ese tipo de atención, encantaba a Carlos El chico me preguntó si yo también quería queso en mi ensalada, pero le hice un gesto negativo con la cabeza. Se llevó el plato todo lo discretamente que pudo. Entonces, Carlos me miró sonriendo.
-¿sabes lo que me gustaría?-preguntó
-¿aparte de queso en tu ensalada? No.
-Me gustaría que fueras al baño, te quitases las braguitas y me las metieras en la copa de champan que tengo ahora en la mano. Quiero probar tu sabor. Apagué el cigarro con una sonrisa, sin quitarle los ojos de encima.
-¿sabes lo que me gustaría a mi?
-¿qué?
-Me gustaría que fueras al baño, te hicieras una paja y me trajeras tu leche en mi copa vacía.
-¿Te lo tragarías?
-Todito.
El se quitó la servilleta, cogió mi copa, la vació de un trago y se levantó de la mesa. Parecía que iba a hacerlo. Era imposible que la gente le quitara los ojos de encima.
Llegó con su muestra de semen a la mesa, visiblemente excitado y me dejó la copa frente a mí. La ensalada, con el queso azul, le esperaba.
-Trágatelo
Noté su pie en mi entrepierna. Despacio, le quité el zapato y el calcetín, mientras le susurraba obscenas palabras haciendo juegos con sus pies y mi cuerpo. Creo que estaba a cien. Menos mal que me había traído un bolso grande. Cogí el zapato y el calcetín, y ante su estupor, lo guardé en mi bolso. Después, cogí la copa, y se lo tiré por la cara. La idea había sido la de servir como aliño para la ensalada, pero los planes cambiaron al notar su zapato entre mis piernas.
-Querido -le dije- disfruta de tu ensalada.
Y sin más, me fuí de allí entre aplausos, dejándole chorreando con su propio semen y descalzo.
Creo que el zapato lo dejé en el taxi.
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