28
Mar
09

Cita para cenar

El restaurante era uno de esos que tienes que hacer reserva con una semana de antelación y el plato más barato sube de 40 Euros… Por no hablar del precio del vino.

 El tipo era uno de esos que se cree Brad Pitt y que con sólo levantar una ceja, a las tías se le caen las bragas. Me pareció divertido y acepté su invitación para cenar.

Un joven camarero trajo las ensaladas todo lo solícitamente que pudo. Y aquel tipo -Carlos, se llamaba- le cogió por la manga y le dijo sonriendo.

-Quiero queso azul en mi ensalada, mozo.

El camarero, azorado, dijo que no era posible. Carlos, levantó la voz.

-Escucha, gilipollas, voy a pagar por esta ensalada, ¿me oyes? y por el puto queso azul. Te pagaré una buena propina. No estoy rogando. QUIERO el queso en mi puta ensalada. ¿has entendido?

En ese momento, todas las mesas se habían percatado que el tipo que estaba conmigo era un perfecto cretino y no dejaban de mirarnos. Creo que ese tipo de atención, encantaba a Carlos El chico me preguntó si yo también quería queso en mi ensalada, pero le hice un gesto negativo con la cabeza. Se llevó el plato todo lo discretamente que pudo. Entonces, Carlos me miró sonriendo.

-¿sabes lo que me gustaría?-preguntó

-¿aparte de queso en tu ensalada? No.

-Me gustaría que fueras al baño, te quitases las braguitas y me las metieras en la copa de champan que tengo ahora en la mano. Quiero probar tu sabor. Apagué el cigarro con una sonrisa, sin quitarle los ojos de encima.

-¿sabes lo que me gustaría a mi?

-¿qué?

-Me gustaría que fueras al baño, te hicieras una paja y me trajeras tu leche en mi copa vacía.

-¿Te lo tragarías?

-Todito.

El se quitó la servilleta, cogió mi copa, la vació de un trago y se levantó de la mesa. Parecía que iba a hacerlo. Era imposible que la gente le quitara los ojos de encima.

Llegó con su muestra de semen a la mesa, visiblemente excitado y me dejó la copa frente a mí. La ensalada, con el queso azul, le esperaba.

-Trágatelo

Noté su pie en mi entrepierna. Despacio, le quité el zapato y el calcetín, mientras le susurraba obscenas palabras haciendo juegos con sus pies y mi cuerpo. Creo que estaba a cien. Menos mal que me había traído un bolso grande. Cogí el zapato y el calcetín, y ante su estupor, lo guardé en mi bolso. Después, cogí la copa, y se lo tiré por la cara. La idea había sido la de servir como aliño para la ensalada, pero los planes cambiaron al notar su zapato entre mis piernas.

-Querido -le dije- disfruta de tu ensalada.

Y sin más, me fuí de allí entre aplausos, dejándole chorreando con su propio semen y descalzo.

Creo que el zapato lo dejé en el taxi.

13
Ene
09

El reverendo

Le llamaban «El reverendo» aunque no sabría decir cuál era la religión que profesaba. Si es que tenía alguna. Contaba como bazas a su favor un cuerpo bien formado, unos hipnotizantes ojos azules, y un atractivo animal difícil de describir. Tenía una cicatriz en su mejilla derecha que le hacía aún más fascinante, sobre todo porque nadie sabía cómo se la había hecho. Él cada vez daba una explicación diferente. «Un ajuste de cuentas con Dios» «El resultado de una pelea con un Pez Espada en alta mar» «Una marca de nacimiento que le señalaba como el elegido» «Un accidente afeitándose».

Yo pienso que sencillamente fue un marido inoportuno en medio de un lío de faldas.

Era un virtuoso de la lengua y no me refiero únicamente a su retórica. La manejaba magistralmente en la cama, cuando ampliaba su congregación entre las damas. Sabía como moverla rápida y rítmicamente llevándote al cielo en cosa de unos pocos minutos. Presionaba siempre en los puntos precisos y muy rápido y claro, así era inútil resistirse a sus encantos. Decía además, ser capaz de hacerlo hasta hacerte vomitar. Yo sinceramente, me lo creo. Tuve ocasión de conocerle una vez, pero prefiero no acordarme de esa historia.

Si al reverendo se le antojaba llevarte a la cama, ya podías darte por jodida.

Sandra era una buena chica. Servíamos copas juntas en un antro a las afueras de la ciudad, de esos que abren hasta el amanecer. No llevaba yo mucho tiempo trabajando allí, pero puedo asegurar que ella era una tía legal. Por eso me asustó un poco cuando recibí su llamada de teléfono. Estaba muy nerviosa, casi histérica y me costó mucho tranquilizarla lo suficiente como para entender las palabras que quería decir.

–Estoy con el reverendo, Rosi. En un hotel.
–Sí, le conozco. Bueno. ¿Y? ¿Has descubierto por qué dicen que tiene la polla como un sacacorchos?
–Calla, calla, no es eso. Si ni siquiera nos hemos acostado. En el mismo pasillo, nos hemos encontrado con un tío enorme. Yo ni idea de quién era, pero por lo visto, ellos sí se conocían. Se han puesto a darse de hostias en medio del pasillo y no sabes el lío que han montado. Al final, en una de estas, el reverendo ha agarrado un extintor de incendios y se lo ha estampado en la cabeza al otro tío. ¡Y ahora está muerto!
–¿Qué dices? ¿Estás segura?
–Está más muerto que mi abuela, te lo aseguro. Lo ha metido en la habitación y ahora no podemos salir. Dice que tenemos que buscar un modo de deshacernos del cadáver.

Eso era propio del reverendo. Pobre Sandra. Conociéndole, ese cabrón era capaz de colgarle el muerto a ella.

–¿Dónde está él ahora?
–En el baño. Dice que necesita una ducha para hablar bien con Dios.
–Escucha, sal de ahí ahora mismo. No dejes que te engañe y te deje en la habitación con el muerto ¿Has entendido?
–Pero si aún no nos hemos acostado…
–Sandra, por el amor de Dios, no me jorobes. Sal de ahí pitando y llama a la policía. Voy para allá.

No tardamos mucho en llegar, ni la poli ni yo. Sandra esperaba llorosa en la misma puerta sin saber lo que tenía que hacer. Cuando llegué a su lado, había todo un circo mediático montado alrededor del hotel. Sirenas, la tele, ambulancias, la poli…
Entonces ocurrió algo que nadie se esperaba. Un tipo se asomaba peligrosamente a la ventana de la habitación del piso octavo.

–¡Es él! –gritó Sandra– El tipo que mató. ¿Qué está haciendo?

Desde abajo había mucha confusión. Entonces, se asomó también el reverendo, Biblia en mano, predicando a gritos los terribles castigos infernales que trae consigo el suicidio. Desde abajo parecía que lo que estaba tratando era de evitar que el hombre saltara.

–¿Será hijo de puta? – dije en voz baja al ver lo que pretendía– ¡Lo va a tirar por la ventana!

El reverendo siguió su prédica hasta que finalmente se las arregló para empujar al muerto por la ventana, que cayó pesadamente entre gritos histéricos de la gente que miraba desde la calle. Lo hizo tan bien que todo el mundo pensó que el reverendo lo que había intentado era salvar aquella vida descarriada cuando en realidad lo que pretendía era sacudirse el muerto (nunca mejor dicho) a la vez que, de paso, borrar todas las huellas de su muerte real.
Hubo un gran revuelo en la calle, pero finalmente, cuando el reverendo bajó, todos lo recibieron con un fuerte aplauso. Momento que él aprovechó para hacerse un poco de propaganda ante las cámaras de televisión. En unos pocos minutos todos le adoraban.
Sandra miraba al reverendo, luego al muerto y luego a mi.

–¿Crees que es un pecado o algo así si lo intento otra vez? Quiero decir… como aún no se han llevado al muerto y todo eso…
–No soy experta en pecados, Sandra. Pero si es eso lo que te preocupa, seguro que hagáis lo que hagáis, el reverendo te dará la absolución después. ¡Ah! Y si quieres conservar las bragas, recuerda mantenerlas sujetas en un tobillo. Si te desprendes de ellas, no las volverás a ver.

Sandra entró de nuevo en el hotel a reservar otra habitación, empeñada en probar el «efecto sacacorchos» del reverendo.

24
Nov
08

No apuestes siempre por el más alto

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Ocurrió hace años, en una ciudad del interior, a la que no he podido volver desde entonces.

Trabajaba sirviendo copas en un tugurio de esos en los que se te quedan los pies pegados al suelo y tienes que limpiar el cuarto de baño tirándo un cubo de lejía desde la puerta. Un antro, vamos.

El sueldo no era gran cosa, pero las propinas eran buenas. Allí conocí a Ángela, una chica cuyo rostro hacía honor a su nombre. Pero todos la llamabamos Angie. Supongo que para dar glamour, no sé.

Una noche, Angie me soltó un codazo que casi me hace tirar todas las copas que tenía en la bandeja.

-¿Has visto ese tio, Ros?
Miré tratando de recuperar el equilibrio.

-¿Qué le pasa?

-¡Oh, vamos! Mira qué alto es. ¿Y le has visto las manos? ¡Enormes! Si tiene todas las proporciones igual, puede ser una noche inolvidable. Y mira, viene con un amigo.

-Esta noche estoy cansada, Angie.

-Vamos, saldremos pronto. Anda, no seas aguafiestas.

-¿No puedes tu sola con los dos?

-Ros….

No debí haber aceptado, pero me podía esa carita de angel. Así que casi sin darme cuenta, acabamos en uno de esos locales para parejas. Angie se perdió casi inmediatamente con su reciente conquista escaleras arriba, Jorge, se llamaba, creo. El mio, Paco.  Yo no tenía el coño para ruidos, así que me quedé en la barra del bar aguantando a Paco que por lo visto, estaba enamorado de alguna golfa que no le hacía ni caso. Lo normal, vamos. Intenté mantener la sonrisa, como si todas aquellas penas me preocuparan.

Entonces, bajó Angie como una loca por las escaleras

-Vamonos, Ros. Tenemos que salir pitando.

-¿Qué pasa? Si acabas de subir. ¿qué ha pasado? Pensé que el tio te gustaba

-Sí, el tio está muy bueno, Deberías ver que abdominales, tía, impresionantes. Me volvía loca sólo pensandolo. Entonces, va el tío y saca unas esposas. Por lo visto, le iba el rollo bondage. Me dijo que le atara a la cama, que quería que le cabalgara después de una buena mamada. No me pareció mal, le até y me puse a desnudarle. Pero, tía, increíble. Tenía la polla mas asquerosa que he visto en mi vida. ¡Parecía que la había metido en jarabe! Pegajosa, pringosa… si creo que hasta tenía bichos pegados.

-No puedo creer que no tuvieras condones.

-¿Eso? ni con condones, te lo aseguro. Así que vendé los ojos y le dije que iba a por un juguete, que me esperase. Tenemos que irnos.

-No puedes dejarle así, ¿estás loca?

-¿Quieres subir tú a comerte esa polla?

-Vámonos -dije.

Murmuré a Paco alguna torpe excusa acerca de tener que ir por tabaco y salimos pitando del local. No pudimos volver a trabajar en el bar, después de aquello, la buscaban por todas partes.

Ya en el taxi, de vuelta a casa, había una palabra que no podía yo quitarme de la cabeza.

-¿Jarabe?

11
Nov
08

Teléfono erótico. (Un problema de pelotas)

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Trabajar en un teléfono erótico no es tan excitante como se pueda pensar. Hay que fingir mucho, pero confieso que nunca me imaginé que tanto.

Mi jefe, Alberto era uno de los tíos más idiotas que he conocido en toda mi vida. Si se diera un premio al mayor gilipollas del año, se lo llevaría él sin ninguna duda. Era un tremendo bocazas, un explotador y un asqueroso salido. No me extraña que terminara como terminó, después de todo.

Éramos tres. Natalia, una chica preciosa que dudo alcanzara la mayoría de edad, Edu, que se ocupaba de las llamadas gays y yo, que me ocupaba de cualquier llamada. El trabajo consistía básicamente en mantener en línea a los clientes el mayor tiempo posible. Yo solía apuntar la duración de cada llamada en un cuaderno para evitar problemas a la hora de cobrar. Aunque siempre había problemas para eso.

Por lo general, la gente que llama ya va bastante caliente, y es complicado mantener en línea a una persona que lleva ya un rato con la polla en la mano. A nada que gimas un poco y le digas lo cachonda que estás y cómo te estás metiendo los dedos en tu chorreante coño, los tios cuelgan en seguida. Ahí no se llama para tener extrañas fantasías, solo para correrse. Así que cuando aquel día, mi interlocutor parecía mas interesado en ligar conmigo que en que le hiciera una mamada virtual, pensé que me había tocado la lotería. Sólo con esa llamada podía ganar 10 talegos. Lo cual no era despreciable. Supe que todo se venía al traste cuando en el mismo despacho de Alberto sonó un disparo seguido de un grito.

Mal asunto. Cuando suena un disparo en tu lugar de trabajo, lo mejor es salir de allí por patas y procurar que no te vea nadie. Más aún en un trabajo ilegal como ese.

-Ros, Ros, tienes que ayudarnos. Ha ocurrido una desgracia. -Era Edu. Terriblemente nervioso.

A pesar de que no tenía ninguna gana, abrí la puerta de aquel despacho, para encontrarme al idiota de mi jefe enroscado en el suelo, quejándose como un cerdo herido en un charco de sangre, y a Natalia inmóvil en una esquina con cara de espanto

-¿Qué ha pasado? -le pregunté

-Ha sido él mismo.- dijo – No puedo creerlo. Entré para pedirle la paga, y empezó a tontear. Sacó la pistola para impresionarme y … al muy gilipollas va y se le escapa un tiro en sus mismísimos huevos. Tienes que ayudarnos Ros.

-¡No pretenderás que le saque yo la bala de los huevos!

-No, pero tu has trabajado en un hospital. Tú puedes ayudarle.

-Sí, de recepcionista. No podemos presentarnos en el hospital con un tio sangrando de un balazo en las pelotas. ¿Cómo vamos a explicarlo? No, tenemos que salir de aquí.

-No podemos dejarle así, Ros. Acabarán encontrándonos, y me temo que somos más sospechosos que él mismo. ¿Quién va a pensar que se ha disparado el mismo en sus propios huevos?

-Está bien. -dije- ¿Dónde hay un papel?

Busqué un papel y boli de su escritorio y tras pensarmelo dos minutos, escribí.

Querida…

-¿Cómo se llama su mujer?

-Carmen.

Querida Carmen.

Te escribo para confesarte que no puedo resistir más éste remordimiento. Te he sido infiel. En realidad me tiro a toda la que se me pone por delante, y aún sigo teniendo ganas follar. Pero sé que tú me amas y no puedo seguir así. De modo que esta mañana, he decidido poner fin a esto castrándome yo solito. He cogido la pistola que le robé a aquel narco cuando fuí a negociar con la mafia rusa, por aquel asunto de trata de blancas, ya sabes. Espero que sepas perdonarme.

Tuyo, Alberto.

-¡No puedes poner eso!

-¡Claro que puedo! Ahora vámonos. No os preocupeis, seguro que alguien ha llamado ya a la poli, y ellos se ocuparán de llevarselo al hospital. Cuando quieran aclarar todo el lío de la nota, nosotros ya estaremos fuera de la ciudad. Así que andando.

-¿Y la paga?- preguntó Natalia. -Nos debía tres semanas.

Tenía razón. Evidentemente, Alberto no iba a mandarnos la paga a casa después de aquello. Menos mal que guardaba la pistola en el cajón del dinero, así que estaba abierto. Sacamos todo lo que había en el cajón mientras Alberto se retorcía en el suelo lanzándonos toda clase de maldiciones.

-Ahora vámonos. Tenemos que salir de aquí por cojones.

-Eso sí.

No he vuelto a saber de él.

03
Sep
08

Dr. Cocacola

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Era mi primer día como recepcionista en una clínica del centro. Estaba cubriendo una baja por accidente de alguien que a su vez, cubría una baja por depresión de otro alguien que a su vez, cubría una baja por maternidad de (quien yo creo) la titular oficial del puesto. De modo que eso me convertía en 4º suplente. Mi trabajo consistía en dar los números a los pacientes a medida que iban llegando, lo cual era bastante descansado. Por la tarde me tocaba archivar albaranes y ordenar cajas vestida con una bata blanca. Todos allí vestíamos batas blancas lo cual hacía parecer que la clínica estaba llena de médicos.

Pero la realidad era muy otra.

No tardé en oir hablar acerca de las hazañas de El Doctor. Así se hacía llamar, Doctor con Mayúscula. Aunque en el bolsillo de su bata ponía Dr. Roberto Martinez en letras azules.

Decía tener unas virtuosas manos de cirujano y que era reverenciado y aplaudido en toda clase de intervenciones, pero a mí me parecía que la experiencia más cercana que había tenido ese hombre con un bisturí era cuando diseccionaba la hamburguesa para quitarle el pepinillo. No le gustaba el pepinillo.

En fín, que el tal Doctor tenía la boca muy grande. Porque eso sí. Tenía fama de haberse tirado a toda fémina que estuviera en nómina. (Menos Manoli, esa no. Esa era la mujer del jefe y no podía tocarse, además, tenía muy mala leche).

Ese mismo día, mientras estaba yo ordenando las toallas en una de las salas de curas, apareció el Doctor estetoscopio en cuello y sonrisa en ristre.

-¿Sabes, guapa? No hay nada que me ponga más cachondo que las niñas como tú en batita corta dentro de una sala de operaciones.

El Doctor me agarró por las caderas mientras susurraba cosas como “seguro que a tí también te gusta” “tienes un culo de putita que me vuelve loco” y “conmigo subirás al cielo, reina”, a la par que me manoseaba el trasero con verdadero entusiasmo.

Antes de que me diera cuenta, se había sacado la polla a través de la bata y rebuscaba hábilmente con sus dedos en mi coño.

-Estás chorreando, ¿eh, golfa? Sí, así me gustan a mi las perritas. Abre las piernas, anda, será un momento.

Seguramente, hubiera sido un momento, pero justo entonces alguien entró en la sala buscando un Doctor.

-Que bueno que le encuentro, Doctor… Martinez. Y está usted de guardia. Venga conmigo, por favor. Necesitamos su ayuda.

-¿Eh? ¿Qué? -preguntó echandose a sudar – ¿Cómo sabe que estoy de guard..?

-Por la sangre de su bata, Doctor. Evidentemente, acaba de realizar una cura. Venga, lávese las manos y acompáñeme. Hay una parturienta en la 6 que necesita su asistencia

-¿Sangre?

Entonces se miró para comprobar con sorpresa lo manchada que tenía la bata.

-Sí, Doctor.- le dije yo con una sonrisa- Vaya a atender a la paciente de la 6. Conmigo ya ha acabado.

-Pero…

-Ah, disculpe. -le dije mientras me colocaba bien la bata. -No se lo había dicho, pero la regla me vino esta mañana.

El Doctor me miraba incrédulo mientras era conducido por la apresurada enfermera que le arrastraba hasta la habitación 6.

Después supe que Robero Martinez era quien se ocupaba de reponer las cocacolas en la máquina de la entrada.

También llevaba bata blanca.